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El abrazo del mar malecon de La Habana

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El abrazo del mar malecon de La Habana

Uno mira hacia atrás y encuentra el bullicio de la gente, los pasos, el ajetreo, no diré el sonido de los carros, porque en el borde del Malecón también se perciben, pero de otra manera. Luego mira hacia adelante y encuentra el mar. Yo camino, me detengo, me subo al muro y me siento. Este encuentro con el mar dura poco menos de hora. Prefiero las mañanas, porque casi nunca hay nadie, apenas los que se levantan a ejercitar el cuerpo y corren de un lado a otro. Empiezan a viajar los pensamientos, a entrelazarse unos con otros, unas veces con cierta lógica, otras veces con ninguna.

 malecon de La Habana

El arco que rodea la ciudad fue construido durante el pasado siglo (a veces mis pensamientos también llegan hasta allí). Entre los años 1901 y 1909 tiene lugar la construcción del primer tramo del Malecón, que se desplegaba desde la salida de la bahía hasta el torreón de San Lázaro. Esta sería la primera gran obra vial del siglo XX, y prosigue su ejecución entre 1924 y 1930 hasta la Avenida de los Presidentes. Los últimos tramos del Malecón se concluyeron entre los años 1950 y 1955 hasta la calle Paseo y finalmente, desde esta última hasta el río Almendares en el año 1958. Así quedaba inaugurado el paseo marítimo hasta la bahía, que otorgó a la ciudad la más representativa e impresionante perspectiva urbana de todos los tiempos!!!

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Lo que el tiempo no cura lo cura el mar. Creo. No sé si exista alguna relación lógica y comprobada entre el mar y los dolores, el mar y la memoria, el mar y los estados de ánimo. Deberé ponerme a reflexionar sobre eso la próxima vez. Sus cualidades de eterno y sin final, la lejanía del horizonte, el lento o rápido movimiento de las olas, repetidas, indetenibles, son como los absurdos caprichos del recuerdo. Creo que a partir de la visión de las olas uno comienza a recordar. Esta mañana me trae el recuerdo de otra mañana, donde el día era más alegre y más corto, y yo paseaba por el Malecón, pero no me detuve, porque en esa ocasión él fue solo camino, sitio de paso, y yo estaba apurada. Claro, siempre lo observo de pasada, como cuando viajo en la guagua, ese P9 naranja que maravillosamente recorre un pedacito de Malecón, desde L y 23 hasta el hospital Ameijeiras. Para esas alturas ya yo me apropié de una ventanilla y me enternezco entre esa visión del mar y la música que sale de mis audífonos. Dura muy poco, pero casi es suficiente. Una inyección de mar temprano en la mañana. Luego la guagua se aleja, y siempre me quedo mirando…

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