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Lo viejo y la tardanza Plaza de Armas

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Lo viejo y la tardanza Plaza de Armas

Caminar por la Plaza de Armas es un viaje al pasado. Lo curioso es que este viaje no solo está dado por los barrocos edificios que rodean la plaza, o por los hermosos bancos de madera, por las farolas o por los adoquines, sino por los estantes de libros que allí se venden, y más aun, por las mesas que acompañan esos libreros, sobre las cuales pueden verse cualquier tipo de antigüedades. La escuela donde estudio italiano queda a unos pasos de la plaza, y en mi afán de no llegar pasadas las cinco de la tarde, mido mal el tiempo –comienzo a pensar que quizás lo hago a propósito– y llego a La Habana casi siempre con media hora de antelación. Suelo sentarme en algún banco de la plaza y desde él comienzo a mirar la vida que allí se desarrolla.

Plaza de Armas

Los libreros y “anticuarios” centran su atención en los vistantes extranjeros –por razones obvias– y los futuros compradores se enternecen ante los viejos objetos y las explicaciones de los vendedores. Me pregunto si inventarán alguna historia alrededor de un viejo camafeo o de las cámaras fotográficas, de las monedas y billetes antiguos, los sellos de carta, los relojes de antaño, las barajas, las joyas… Pero no me atrevo a acercarme, no por temor a ser confundida con una joven europea –no cumplo con el patrón–, sino porque me resulta abrumador ver tantas cosas de tantas clases y de tan variados y altos precios, puestos en exposición. Me entretiene más el ir y venir de la gente, la sorpresa de algún libro prohibido en algún estante, la actuación de los vendedores…

Esto y más encuentro en la Plaza de Armas, ¡todo un espectáculo viviente! Pues la función social con que nació, y con el que nacen todas las plazas, está vivo. Se respira ese aire colonial, visible en el Palacio del Segundo Cabo y el Palacio de los Capitanes Generales, y en esa estructuración urbanística de la villa que disponía siempre alrededor de la plaza la vida religiosa, militar e institucional de la ciudad. La actual Plaza de Armas se situó en el puesto que ocupara la antigua Plaza Mayor, y en la segunda mitad del siglo XVIII fue utilizada para maniobras y prácticas militares, más tarde, fue el punto de visita y reunión de las lujosas carrozas de los habaneros pudientes. Hoy es una confluencia de pasos, de lo nuevo y lo antiguo, de cafeterías y palacetes coloniales, de bancos de piedra y mesitas de exhibición.

Y por esta causa, una vez más llego tarde a las clases.

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